Mi primera vez tenía unos 5 años y fue con Pac-Man, el Comecocos en España, en una Atari 2600 que tenía un amigo de mi padre y me quedé de piedra con el juego. No me dejaron jugar, porque era un crío, pero me dejó impactado.
De pequeño no me dejaban entrar en las «recreativas», porque decían que solo había delincuentes. Tuve que esperar hasta que con 6 años, a mi primo mayor le regalaron la Commodore Amiga y pude jugar por primera vez al The Secret of Monkey Island. Era incapaz de entender lo que veía, pero comprendí que eso era magia de verdad.
Finalmente, mi gran amor por los videojuegos, y por Nintendo, surgió cuando me iba a casa de mi vecino a jugar al Super Mario Bros 3. Eran unas tardes maravillosas, en las que nos picábamos a ver quien se pasaba más niveles sin morir, y a mayor velocidad.
Y así pasaron los años hasta que con 10 años, en 1995, tuve mi Game Boy amarillo vibrante, de la campaña «Play It Loud!». Cómo me gustaba esa consola, y poder tener mis videojuegos preferidos metidos en el bolsillo: Mega Man, Tetris, Zelda, Donkey Kong, Mario, Wario… Cuantas noches me las pasé escondido debajo de las sábanas, usando la Light Boy para poder ver la pantalla, y viciando hasta altas horas de la madrugada…
Everything else is child's play